Y los Kirchner lo volvieron a hacer. Como siempre. Como en el cuento de la rana y el escorpión. Porque está en su naturaleza.
Así como aprovechan el acto de colocación de dos baldosas en una vereda de Monte Chingolo para anunciar un Decreto o para denunciar a nuevos “traidores”, les “se igual” hacerlo con la visita de algún presidente extranjero o durante la sesión de cualquier foro internacional. No tienen ni siquiera límites geográficos. El mundo es tan chiquito que cabe en su mesa de luz de bajo consumo.
Lo que hicieron con Lula fue impresentable. El tipo, muchas ganar de venir no tenía. Casi ninguna. Y no es el único, porque ya nadie tiene interés en pasar por aquí. ¿Para qué? ¿A qué? Aunque de cabotaje, la locura de los K ya es internacionalmente reconocida. Probablemente, el mayor logro en sus carreras. Después de ser Perón y Evita, por supuesto.
Pero la cuestión es que Lula se arremangó para darle una (otra) mano a un Gobierno que flamea, de la soguita, como un calzoncillo floreado. Y manchado. Tal vez, supongo, tampoco querría ser acusado de ser un vecino “traidor” y “golpista”. Así fue que, para hacer más bulto, agregó a 300 “torcedores” empresarios y se mandó. Una delegación así no es poca cosa. Salvo, claro está, para los K.
Rápidos para agradecer tanta importancia, le metieron a Chávez por la ventana. A último momento. Sin más agenda que parlotear y sin otra función que opacar. Al que los brasileros no querían ver ni en figuritas bolivarianas. Y ellos, para peor, lo sabían. Y lo sabían porque se los dijo Lula, que estuvo a punto de no viajar. Sencillamente, porque no venía a ninguna reunión trilateral y, mucho menos, para anunciar los lineamientos de ningún “eje central de Sudamérica”. Porque no necesita que el socialista del siglo próximo le compre bonos o que le mande “encomiendas”.
Pero los Kirchner lo hicieron igual. Transformaron a Lula y a sus 300 torcedores en una baldosa de Monte Chingolo; y a Chávez, en la justificación bolivariana de la redistribución de las retenciones que no fueron, pero que de alguna manera serán. Y, como corresponde, en un acto en Almirante Brown, en el Conurbano Bonaerense, en su único mundo posible. Con Hebe y las nuevas madres de la construcción escenográficamente implantadas. Junto al revolucionario Scioli, que ya viene embalado, sonriente, con el escenario y las luces.
No es, como dicen, que los Kirchner confundan la Gobernación de Santa Cruz con la Presidencia del país. No, ellos no confunden. Para ellos, como decía Minguito, todo “se igual”. Su casa particular es la Casa de Gobierno, sus negocios son los del Estado, sus amigos son funcionarios y sus enemigos, enemigos de la Patria. Ellos son la Historia, el pensamiento, la verdad revelada. Son el después, nunca el antes. Porque antes que ellos no hubo nada. O al menos nada bueno. Su absoluto berretismo es política de Estado. Y una Argentina que venía berretizándose desde hace tiempo es, hoy, una berretada inconmensurable. O máis grande do mundo.
Perdón, pero el tema no me dio para una "brincadeira". AAF.
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