
(clic en el cuadro para agrandar el marko ideológiko)
A instancias del
Matrimonio Presidencial, y como gesto de reconciliación de clases,
Daniel Scioli anunció el lanzamiento del programa
“Nuevos Markos Ideológikos”, destinado a profundizar el modelo pictórico nacional y popular.
Sobre los motivos de la iniciativa, afirmó categóricamente que “tanto Néstor como Cristina lo hacen exclusivamente por amor al arte”. Asegurando que su único fin es
“la justa redistribución de las riquezas intelectuales y artísticas”.
Se cree que, minutos antes del anuncio, el Gobernador se habría hecho asesorar profundamente sobre el contenido de la muestra. Esto explicaría su notable esfuerzo para evitar atribuirle a estas
riquezas el oficial y habitual carácter de
“extraordinarias”.
Esta gran información previa también también lo habría llevado a destacar la importancia de que la muestra inicial esté dedicada al novedoso
“arte con huevos”. Una delicada técnica artística a la que se animó a calificarla como un desafío creativo apenas inferior al de conducir una lancha. “Al terminar la obra, el artista siempre termina duro, roto o frito”, explicó con una claridad que sorprendó a todos, pero especialmente a los integrantes de su equipo gastronómico.
Estaba claro desde el comienzo que había una obra que concentraría absolutamente todas las miradas. Scioli lo sabía, así que no dudó en presentarla como lo que realmente era:
el único cuadro de la muestra. “Por él, sólo tuvimos que derribar tres paredes. De no haber estado, nos habríamos visto en la obligación de demoler completamente un museo recién construido”, agradeció, conmovido, el Gobernador.
La conmovedora y única obra, intitulada
“Naturaleza muerta. Perro blanco sobre fondo negro”, tiene por autor al célebre artista telepático
Daniel Vascioli. Fundador del desconocido grupo de autoayuda asistida
“Pintores ahuevonados anónimos sin manos”, fue un reconocido artista deportivo porteño hasta que se hizo bonaerense por elección. Allí, precisamente, fue donde comenzó a experimentar con la técnica de los huevos. “Hasta que no sentís el huevazo en carne propia, no tenés idea del placer que significa pedirle a otro que los arroje al cuadro que vos le indicás y guiándose solamente por tus ideas”, explicó el artista.
Blogus track TX2K exclusive:
Análisis desde el lugar de los deshechos a cargo de
Salamandro SánchezCronista de espectáculos dantescos100% lucha de clases en un retrete bonaerense
Un paseo en lancha con Scioli, Nietzche, Icaro y la oveja Dolly
“La lucha de clases ha muerto”, proclamó
Scioli por órdenes de
Kirchner, cual
Zaratustra anunciando que “Dios ha muerto” a instancias de
Nietzsche. Personajes tan disímiles y sólo posibles de ser contenidos por la magia del
surrealismo político del Conurbano Bonaerense.
“Ese libro lo leía en la lancha durante las competencias”, me confesaría poco después el Gobernador confundiendo el reflejo de mi
Zippo con una cámara de televisión. Eso, más algunos insultos por culparme de haber chamuscado su nariz, fue lo último que me dijo antes de meterse en el camarín de campaña en busca de auxilio cosmético. El mismo que le da el Gobierno Nacional para mejorar la apariencia de las cuentas provinciales. Sobre ese fondo, después se sacan las fotos. Y las ponen por todos lados, inmediatamente después. Antes de que la apariencia del fondo se chamusque como la nariz de Scioli. Y desaparezca, cosméticamente hablando, como el dios de
Zaratustra, filosóficamente deportivo como la motonáutica.
Pero entre la proclama pública a las cámaras y la confesión privada a mi
Zippo, Scioli dijo otras cosas. Palabras pretendidamente más importantes que su insuperable sonrisa genéticamente implantada.
“Es la oveja Dolly del laboratorio riojano”, recuerdo la exagerada definición que le dio mi amigo
AAF a
Steve Jobs durante una reunión de negocios en un cabaret de
Silicon Valley.
Así, en el escaso tiempo en que su sonrisa se lo permitió, el gobernador porteño de la Provincia de Buenos Aires brindó el
parte médico oficial sobre las causas de la muerte de la lucha. La omisión de todo dato referido al estado actual de las clases permite suponer que las mismas se encuentan en perfecto estado social. La presunción de esta
probable noticia generó una notable sensación de alivio entre los presentes. Y que, al terminar el acto, el sensacional tronar de joyas y alhajas lo hizo evidente.
Sin negar la importancia periodística de una muerte de estas características, me resultó extraño que nadie supiera la fecha de nacimiento de esta lucha. Confiaba en que Scioli pudiera darme esta información, a la que yo suponía incluida en el
Certificado de Defunción Oficial. Pero, al igual que
Icaro al acercarse al sol, el calor del encendedor me terminó alejando poco antes de llegar a su nariz.
Poco después, una casualidad me confirmó la inutilidad que yo intuía al accionar del volado
Icaro. A falta de papel higiénico, el baño del lugar ofrecía una gran variedad alternativa: hojas de cuaderno, páginas de diarios y revistas, formularios, fotocopias de documentación confidencial, intimaciones judiciales… y el Certificado de Defunción de la
Lucha de Clases.
Gracias al olfato periodístico que el lugar demandaba, conseguí rescatarlo una maniobra antes de convertirlo en un
recuerdo impresentable. Lo leí rápido, con la premura que exigían las circunstancias y con el nerviosismo propio de quien debe mantener una postura firme en un terreno resbaladizo.
Como casi todos los demás anuncios, sólo anunciaba una nueva
inexistencia. La
lucha de clases había muerto antes de haber nacido. O nació muerta. O murió dos veces. Mi olfato periodístico me indicaba, ahora, que el anuncio pasaba por otro lado. Y le hice caso.
Salamandro Sánchez
Célebre cronista durante “La guerra del cerdo”, de donde regresó con el lomo trozado y la bondiola asada, pero también con una pata negra que todavía conserva en el freezer que le regaló Adolfo Bioy Casares para premiar su talentoso silencio.
Ganador moral de 85 premios Pulitzer, a los que injustamente jamás fue nominado. Como señal de protesta, decidió no concurrir a ninguna entrega. “Aunque siempre voy a donde nunca me llaman, con ustedes haré una excepción solamente para hacerlos sufrir”, escribió en su famosa Carta Abierta dirigida al mismísimo Joseph Pulitzer, aunque se la envió a la amiga de una prima del editor del New York World que residía circunstancialmente cerca de su casa. Por estar abierta, la carta nunca fue entregada por el Correo Argentino, que por la misma razón se negó también a devolvérsela.
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